La pequeña Luciérnaga se preguntaba por qué las estrellas algunos días brillaban tanto y otros tan poco. Después de pasar tardes esperando el anochecer sentada en una ramita del árbol donde vivía pudo encontrar una posible respuesta.
Sospechaba que dependía del momento vivido. Cuando tenía un mal día y no lograba brillar por ella misma, finalizaba la fecha con una salida espontánea al aire libre, respiraba muy profundo hasta llenarse de perfume a jazmín y miraba hacía el cielo. “Ahí están las tres marías y más allá la estrella de la abuela y papá”, les tiraba bombitas de besos, un te quiero y entraba revoloteando con entusiasmo a la entradita del árbol a contarle a mamá lo hermosa que estaba esa noche.
Otros días, cuando se divertía y reinaba la alegría, también salía al jardín pero por su luz propia ella se sentía la observada. Las estrellas no brillaban tanto para no distraerla y continuara con júbilo su jornada hasta que quedara dormida en el césped con una hermosa sonrisa de placidez.
La pequeña Luciérnaga sabía que esas bolitas luminosas siempre la acompañarían y la contendrían en las malas rachas. De ese modo se convencía de que ya no existiría un día entero sin un poquito de felicidad y luz.


